Los trabajadores como reservorio de la cultura popular


Isabel Thibault

Según Confucio la cultura es absolutamente esencial para el desarrollo de la existencia, de modo que para ser un individuo o una persona plena se tiene que ser alguien culto. Esto no significa que si uno posee un cierto grado de educación sea algo equivalente a poseer el mismo grado de felicidad (aunque probablemente si se puede alcanzar una cierta cantidad considerable de alegría por el hecho de ser educado y elevar de ese modo nuestra perspectiva de las cosas). La cultura no se puede reducir a la instrucción: es ante todo lo que hace que un hombre discipline su conducta, oriente sus acciones de una manera razonable y piense en una perspectiva a largo plazo antes que en contentarse con la satisfacción inmediata de las cosas. La cultura puede existir en cualquier clase social y en todos los ámbitos de la vida, porque la auténtica cultura consiste en ayudar a los seres queridos a cambiar, a esforzarse por amar a los demás con tal de que no terminen solos, a que siembren el día de hoy para que cosechen mañana, en hacer retroceder ciertas tentaciones inmediatas para que estas no arruinen los placeres que están por venir, a que aprovechen el presente para que no se arrepientan más tarde y, más que nada, a renunciar a los caprichos del ahora con tal de conservar lo que es esencial. La cultura ofrece raíces y horizontes; nos ancla en un patrimonio desde el que construir las cosas, al igual que nos abre un camino que nos permite explorar el mundo.

Desafortunadamente, la cultura misma ha terminado por estancarse. La sociedad occidental se construyó sobre un modelo de civilización que le permitió crecer mucho, pero que igualmente contenía en su interior las semillas de su propia destrucción. Un gusano devora la fruta por dentro. Todos estamos de acuerdo en que toda forma de cultura está condenada a desaparecer algún día. Pero la cultura occidental sufre una crisis profunda, pues descansa sobre unos cimientos sumamente inestables y ha terminado por ser hemipléjica. En nombre del progreso, nuestra cultura renunció a todas sus viejas tradiciones; en nombre del individuo, renunció a la comunidad; en nombre del orden, renunció a las diferencias. Por lo tanto, está profundamente desvitalizada y su majestuosa flor ha perdido por completo su savia. Es por eso que el Occidente se está marchitando en estos momentos e incluso arrastra consigo al resto del mundo llevándolo a su perdición. El esplendor tecnológico y económico que antaño poseía le ha permitido conquistar el planeta y colonizar el imaginario de todos los pueblos.

Sin embargo, no puede existir ninguna clase de cultura en un mundo que este puramente dedicado al comercio y al consumo. Nuestros contemporáneos siempre resultan indignados frente a los brotes endémicos de delincuencia que azotan nuestras sociedades, sin entender que estos delitos son sólo el rostro ilegal, oscuro y miserable de la estafa legalizada e institucionalizada que ha sido santificada por la lógica del mercado y los amos del Capital. La cultura, por su parte, no puede ser mercantilizada; ella esta basada en una profundización de las relaciones, en la ampliación de los gustos y la espiritualización de los estilos de vida; favorece lo cualitativo sobre lo cuantitativo. La tradición confuciana, que coincide en esto con el taoísmo, considera que apenas se puede diferenciar al comerciante del ladrón: uno busca su propio beneficio al amparo de las leyes, mientras que el otro busca su propio beneficio disfrazándolo mediante el crimen. En cambio, el hombre bueno trabaja por conseguir la armonía general: no solo por ser altruista, sino también porque comprende que el bienestar común tiene un impacto directo en su propia felicidad personal. Confucio había descubierto este principio de «no separabilidad» muchísimo antes que todos nuestros científicos modernos. Todo en este mundo consigue sostenerse como parte de una vasta cadena, de modo que el más mínimo temblor termina por sentirse en todos los eslabones de nuestra civilización. Debemos estar unidos si queremos trabajar por la recuperación de la cultura; debemos hacer que el progreso y la tradición, el individuo y el grupo, el orden y la diferencia trabajen todos juntos.

Tanto la cultura popular como la cultura académica se encuentran en una situación de desorden. Sostener la cultura resulta ser un esfuerzo demasiado grande para toda una serie de poblaciones que se encuentran cansadas, que ya no tienen la fuerza para ver más allá del deseo de consumir o de acumular dinero. Las fiestas que antes se hacían en nuestros vecindarios han desaparecido y cada vez leemos muchos menos libros sustanciales. Seguimos festejando y leyendo, por supuesto, pero de una forma que está completamente adapta a nuestro mundo moderno, lleno de inconstancia, superficialidad y zapping. Esa es la muerte de la cultura.

Parece que nuestro tiempo, o al menos sus aspectos más negativos, están dominados ante todo por el materialismo. Vivimos en una época marcada por el desencanto tecnológico. Eso significa que se está desvaneciendo la red simbólica que una vez estructuró la existencia humana. Debido a que hoy existe una verdadera profusión de bienes, hemos acabado por perder el sentido del límite, de la carencia y del cuestionamiento. Hemos perdido nuestro rumbo, ya fuera bueno o malo, porque ya no nos importa a donde nos conduzcan los acontecimientos, ni conocemos los caminos de la virtud o de la perdición. Sin embargo, sería un error idealizar al hombre del pasado; era tan mezquino y patético como cualquiera que surgió después de él; pero uno puede imaginar, por otro lado, que tenía un sentido más claro de la precariedad humana y el dolor que nosotros. Sin duda eso lo hacía mucho más modesto y, quizás, en algunos casos, más preocupado por lo que realmente importa.

Es entre lo que queda de la clase obrera donde se conservan los últimos vestigios de estas conductas admirables, precisamente porque los trabajadores son los únicos que siguen careciendo de algo que pueda materializarse plenamente. Por lo tanto, intentan compensar su desgracia social con placeres de otro orden, que requieren más esfuerzo, pero que al final resultan más bellos: el compañerismo, el sentido de la solidaridad, el amor por el juego en todas sus formas… Ken Loach es sin duda el cineasta que mejor sabe retratar esta atmósfera en que dominan estos entornos sociales que se encuentran en pleno proceso de desintegración social. Son ambientes donde no faltan las carencias, pero que aún llevan en ocasiones la huella evanescente y anticuada de un mundo cambiante y que está desapareciendo: un mundo que existía antes del nacimiento de la tecnología, mucho antes de la aparición de la riqueza y también antes de que fuera ahogado por los medios de comunicación.

Por lo tanto, no es el disfrute de los bienes materiales lo que realmente resulta ser un problema (incluso podemos considerar por el contrario que cualquier forma de placer es perfectamente legítima de forma intrínseca), pero el hecho es que la profusión de bienes ha generado un cierto desinterés por los vínculos humanos y las realidades simbólicas. Nunca hemos estado tan bien y quizás nunca hemos conseguido tanto dinero. Sin embargo, es muy probable que esto no se deba tanto a nuestro supuesto gusto por el éxito económico como tal, sino a que casi todas nuestras demás aspiraciones han terminado por decaer y, en el actual desierto en que vivimos, no tenemos otro oasis en que abrevar.

Fuente: http://rebellion-sre.fr/lepuisement-consumeriste-de-civilisation-occiden…