La provocación desesperada a Irán


El pasado 27 de noviembre era asesinado en las afueras de la capital iraní el científico Mohsen Fajrizadeh, en una acción que las máximas autoridades de la República Islámica adjudicaron a los servicios secretos israelíes y sus aliados árabes regionales.

Con el asesinato del Mohsen Fajrizadeh el pasado 27 de noviembre, ya son cinco los científicos nucleares iraníes asesinados en sendos ataques terroristas desde 2010. El grado de sofisticación de la operación y el hecho de que el propio primer ministro israelí mencionara en 2018 a Fajrizadeh como un peligro, permite suponer que las líneas por las que transita la investigación iraní son las correctas. 

“Recuerden este nombre: Fajrizadeh”, había dicho Netanyahu hace dos años insistiendo, en sus clásicas puestas en escena mediáticas, sobre el inminente acceso de Irán a la bomba atómica. 

Si tenemos en cuenta que Irán, a diferencia de Israel (que contaría con casi cuatrocientas ojivas nucleares), ha firmado y ratificado hace décadas el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, y que se encuentra, especialmente desde 2015, bajo un estricto control de la Agencia Internacional de Energía Atómica, resulta claro que las afirmaciones de los distintos gobiernos israelíes durante los últimos veinte años carecen absolutamente de fundamentos. Detrás del asesinato de Fajrizadeh, como veremos, se esconden otras intenciones.

Un “problema” de 41 años

En un mundo bipolar propio de Guerra Fría, en 1979 estallaba una Revolución en el corazón de Asia que cambió por completo la correlación de fuerzas en la región. Lejos de las propuestas soviéticas y claramente en las antípodas de los proyectos estadounidenses, la Revolución Islámica supuso la emergencia de un orden político absolutamente original que supo combinar elementos propiamente republicanos (heredados de las largas luchas constitucionalistas) con nociones características del desarrollo del Islam shií  (como la idea del “jurisconsulto gobernante”). 

Contra todo pronóstico, el nuevo sistema político no sólo sobrevivió a la temprana guerra lanzada por Irak (con el apoyo de las potencias occidentales y de las monarquías árabes) y las sanciones occidentales, sino que consiguió, en los ocho que duró la misma, desarrollar las bases de una sólida industria de defensa y del desarrollo científico en una serie de áreas vitales para su soberanía.

Para ello, las autoridades pusieron especial énfasis en la educación universitaria; de las doscientas veintitrés universidades que el país tenía a mediados de la década del setenta, pasó a las más de dos mil quinientas  con las que cuenta actualmente, con un estudiantado mayoritariamente femenino. 

Como señala un informe de la UNESCO sobre el desarrollo de la ciencia, en el caso de Irán, durante las cuatro décadas de la República Islámica “a medida que la presión de las sanciones económicas aumentaba, el gobierno ha tratado de estimular la innovación endógena.”

En lo que se refiere a su producción para la defensa, Irán pasó, gradualmente,  de la total dependencia de la tecnología militar occidental a desarrollar su propia industria militar con notables resultados en el terreno misilístico, en defensa antiaérea y en el uso eficiente de ingeniería inversa. 

El nivel de desarrollo científico iraní ha sido uno de los problemas que, tanto Estados Unidos como sus aliados regionales, han visto con preocupación. Las sanciones, que con distintos alcances, se han impuesto contra Irán desde 1979, procuran, entre otras cosas, afectar las bases económicas que permiten profundizar estas políticas en ciencia y tecnología. Al mismo tiempo, estos logros han sido apenas cubiertos en los trabajos que dan cuenta de las cuatro décadas de la República Islámica; esto se explica en la necesidad de buena parte de la producción académica y mediática de perpetuar, contra el país asiático, caracterizaciones orientalistas como “medieval” o “teocrático”.

Los objetivos múltiples del atentado

Los disparos que acabaron con la vida de Fajrizadeh apuntaron a varios blancos simultáneamente.

En primer lugar, se puede leer como un nuevo episodio ejecutado (o al menos avalado) por la actual administración norteamericana para provocar una reacción iraní que justifique, ante la población estadounidense, una acción militar a gran escala contra Irán.   Esta ha sido una de las demandas de Israel y las monarquías árabes durante toda la gestión de Trump;  incluso el propio presidente de Estados Unidos barajó esta posibilidad días antes de las elecciones en ese país. En ese sentido, el asesinato del científico nuclear se suma a las acciones estadounidenses de provocación, similar a la  emprendida a principios de este año contra el comandante Qasem Suleimani quien se encontraba en una misión oficial en Irak.

En segundo lugar, podemos ver un claro mensaje a las fuerzas de defensa y seguridad iraníes señalando públicamente su vulnerabilidad. No es casualidad que la muerte de Fajrizadeh se produzca apenas unos días después de que el New York Times asegurara que Israel habría asesinado a un alto mando de Al Qaeda en Teherán. Estas acciones apuntan a fortalecer la idea de que los servicios secretos israelíes y norteamericanos pueden operar con total impunidad en el interior de Irán, con la intención de afectar la percepción de seguridad de la propia población iraní.

Y, en tercer lugar, es un mensaje (tanto del todavía presidente estadounidense, como de Israel y las monarquías árabes) para la nueva administración norteamericana ante las declaraciones de Joe Biden manifestando su interés de que Estados Unidos se incorpore nuevamente a los acuerdos alcanzados con Irán en 2015. 

Los próximos meses serán cruciales para ver de qué manera interactúan los actores regionales con la nueva administración demócrata, aunque Irán sabe por experiencia propia que, más allá del gobierno norteamericano de turno, la suya es una experiencia política que sigue siendo un “problema” para las aspiraciones de los Estados Unidos en la región.

Ángel Horacio Molina