La descomposición de Libia


Ángel Horacio Molina

Tras la intervención militar de OTAN que, en 2011, posibilitó la caída de Mu’ammar al-Qadhafi, Libia se descompuso en una multiplicidad de facciones atravesadas por los proyectos políticos y económicos de terceros países.

El domingo 27 de diciembre de 2020, el Ministro de Defensa turco advirtió que responderá con contundencia a cualquier ataque contra sus tropas apostadas en Libia, en un mensaje que tiene como destinatario implícito a los Emiratos Árabes Unidos. Esta nueva escalada entre países tan alejados de las fronteras libias da cuenta de la situación actual del país africano que, desde 2011, se ha convertido en el tablero donde se enfrentan distintos proyectos hegemónicos regionales.

Una revolución nasserista para unificar el país

El 1° de septiembre de 1969, una Revolución inspirada en los ideales del entonces presidente egipcio Gamal Abdel Nasser derrocaba al pro británico rey Idris I, bajo la dirección del joven capitán Mu’ammar al-Qadhafi de apenas veintisiete años.

En los años siguientes, los desafíos de al-Qadhafi fueron numerosos: dotar al país de una nueva forma de gobierno, reorientar su política exterior hacia el bloque panarabista (que sufrirá la pérdida de Nasser en 1970), generar las condiciones para un desarrollo soberano en plena Guerra Fría y, el más importante de todos, consolidar la unidad nacional de un territorio histórica y culturalmente fragmentado.

Las fronteras libias se habían heredado, en gran medida, del territorio que la Conferencia de Berlín (1884) había cedido a Italia, uniendo tres espacios con características propias: Tripolitania al Oeste (urbana, sedentaria), Cirenaica al Este (habitada por comunidades beduinas con una alta cohesión ideológico-religiosa, donde se concentran la mayoría de los pozos petroleros del país) y Fezzan al Suroeste (región mayormente desértica con poca población pero rica en petróleo).

Depuesto Idris I (que provenía de Cirenaica), al-Qadhafi y su Yamahiriya (Gobierno de las masas) llevó a cabo una serie de políticas orientadas a fortalecer el sentimiento de pertenencia propiamente libio. Para ello intentó ganarse la simpatía de la región de Cirenaica mediante actos simbólicos, emprendió enormes proyectos de infraestructura hídrica para Fezzan y nacionalizó el petróleo con vistas a garantizar los recursos necesarios para promover mejoras en la calidad de vida de los libios en su conjunto. En un país con alrededor de ciento cuarenta tribus, al-Qadhafi procuró establecer alianzas que garantizaran la estabilidad, debilitando a las tribus de las regiones petroleras para controlar plenamente las zonas vitales del país.

El desarrollo libio durante los primeros veinte años de gobierno de al-Qadhafi es incuestionable, registrando niveles sólo alcanzados por Sudáfrica en todo el continente africano. No es casual que Libia se coinvirtiese, en aquellos años, en uno de los principales destinos de los migrantes que, provenientes sobre todo de la zona del Sahel, buscaban mejores condiciones de vida.

La caída de la Unión Soviética y la temprana muestra en Iraq de lo que se llamaría el Nuevo Orden Mundial, obligó a al-Qadhafi a realizar cambios importantes ante lo que entendió como una advertencia hacia los líderes árabes históricamente hostiles a los Estados Unidos. El giro ideológico del líder libio fue contundente: renunció públicamente al terrorismo, anunció el desmantelamiento de sus programas militares que supusieran el desarrollo de armas de destrucción masiva, anuló sus proyectos de desarrollo nuclear, y expresó su voluntad de sumarse a la cruzada norteamericana de “lucha contra el terrorismo”.

En términos económicos realizó una serie de reformas económicas neoliberales que permitieron el ingreso del capital occidental en áreas claves de le economía como la industria petrolera, que la revolución había nacionalizado tempranamente en 1970. Así, en los últimos años del gobierno de al-Qadhafi ya se encontraban operando en territorio libio las siguientes compañías petroleras occidentales: Shell (anglo-holandesa), British Petroleum (británica), Exxon Mobil (estadounidense), Marathon Oil (estadounidense), Occidental Petroleum (estadounidense), Conoco Phillips (estadounidense), Repsol (española), Wintershall (alemana), OMV (asutríaca), Statoil (noruega), Eni (italiana) y Petro Canada (canadiense).

El malestar que se manifestó en las movilizaciones de parte de los ciudadanos libios en 2011 es producto, en buena medida, de la ejecución de esas políticas y de la ausencia de canales de participación para una población mayoritariamente joven con altos niveles de desempleo.

Sin embargo, la caída de al-Qadhafi y su posterior asesinato no se podría haber producido sin la participación activa de la OTAN y la decisión de la administración norteamericana de acabar con un gobernante árabe que amenazaba esporádicamente con retomar su histórica postura anti-estadounidense (como cuando contempló la posibilidad de nacionalizar las empresas extranjeras de petróleo en 2009 o cuando pronunció duras palabras contra el “orden internacional” y Estados Unidos en la Asamblea de Naciones Unidas ese mismo año).

Desintegración estatal y botín

Siguiendo el modelo de intervención neo-colonial ejecutado en Afganistán e Iraq, la intervención occidental produjo la total descomposición del estado libio, reduciéndolo a unidades tribales que se lanzaron a la construcción de redes de lealtades en sintonía con las nuevas fuentes de financiamiento.

Los primeros años después de la caída de al-Qadhafi en Libia no fueron un “error” debido al “abandono” de la comunidad internacional (como han dicho incluso algunos mandatarios occidentales), en ese período el petróleo nunca dejó de extraerse y las empresas se valieron de uno de los negocios más lucrativos que genera estas nuevas formas de intervención: los ejércitos privados. El expolio se pudo llevar a cabo sin siquiera la ficción de una estado con el que “negociar” o ante el cual dar explicaciones.

Pero Libia, con la mayor reserva de petróleo y la sexta reserva probada de gas en el continente, despertó las apetencias de nuevos actores con proyectos de hegemonía regional propios.

Un abanico de facciones políticas (muchas de las cuales se volcaron tempranamente a las armas) – donde encontramos, entre otros, a grupos cercanos a la Hermandad Musulmana, nacionalistas laicos, militares pro-occidentales, militantes de Al Qaeda y a combatientes del Estado Islámico – procuraron hacerse con el poder central sin que ninguna consiguiera imponerse.

Desde 2014 podemos identificar con claridad a dos grandes coaliciones que se disputan el futuro del país: el Gobierno de Acuerdo Nacional que, con asiento en Trípoli, tiene el respaldo político y económico de la UE, la ONU y Qatar y el apoyo militar de Turquía (con tropas apostadas en Trípoli); y el Ejército Nacional Libio del mariscal Haftar (quien estuvo veinte años viviendo en Estados Unidos colaborando con sus servicios de inteligencia), que controla la mayor parte del país y que cuenta con el respaldo militar de Emiratos Árabes Unidos (que tiene una base aérea en el este libio), Arabia Saudí, Egipto y Rusia (a través del grupo Wagner), y político de Francia y EEUU.

Libia se encuentra hoy lejos de ser un Estado; sin gobierno unificado, ejército propio ni fronteras soberanas, su futuro como nación va a depender de las decisiones de países que, en muchos casos, generaron las condiciones para su descomposición.