El Líbano y las sombras neocoloniales de Francia


Ángel Horacio Molina

La impactante explosión de más de 2500 toneladas de nitrato de amonio en la capital libanesa a mediados de este año, puso al descubierto no sólo los límites y debilidades del sistema político del pequeño país árabe, sino también las apetencias que la ex metrópoli colonial mantiene sobre esta región de Oriente Medio.

El 22 de noviembre se cumplió un nuevo aniversario de la independencia del Líbano y los setenta y siete años que nos separan de aquel 1943 han sido testigos de una serie de conflictos que, en una superficie de apenas diez mil cuatrocientos kilómetros cuadrados, han concentrado buena parte de las disputas regionales.

Bajo gobierno otomano hasta la Primera Guerra Mundial, el territorio actualmente libanés conoció la primera intervención francesa en 1860, cuando las tropas de Napoleón III desembarcaron en las costas de Beirut con la excusa de garantizar la defensa de la comunidad cristiana maronita en medio de los enfrentamientos inter confesionales que se sucedieron en esta región del Imperio Otomano, que transitaba entonces el final de una larga decadencia. La Francia de la época había puesto ya sus ojos en Asia y África; unos años antes había invadido las costas argelinas para evitar pagar la deuda contraída con el sultán y tiempo después sería uno de los protagonistas del reparto europeo del continente africano.

Sin la visibilidad de la Conferencia de Berlín (donde las potencias europeas explicitaron en el mapa africano sus ambiciones coloniales), los acuerdos secretos de Acuerdos Sykes-Picot entre Gran Bretaña y Francia, sellaron el destino del Levante. Cuando todavía faltaban un par de años para la finalización de la Primera Guerra Mundial, las dos potencias decidieron, en 1916, repartirse los territorios de Oriente Medio que habían estado bajo poder otomano. Necesariamente estos acuerdos debían permanecer lejos de la vista de los árabes, a quienes se les habían prometido la independencia si luchaban contra las fuerzas otomanas. Para 1918 Siria y Líbano estaban bajo el control absoluto de las fuerzas francesas.  

En 1920, el General Gouraud, comandante de las fuerzas francesas, proclamó la creación del “Gran Líbano”, una de las divisiones del territorio sirio implementada por la potencia ocupante (junto con Damasco, Aleppo, el Estado Alauita y Jabal al-Druze) y la única que se constituiría posteriormente en un Estado separado e independiente. Sin embargo, recién veintitrés años después, con una Francia debilitada militar y políticamente, la independencia de este territorio fue reconocida (aunque las tropas de ocupación se retiraron en 1946).

Los cimientos de un Estado complejo

La diversidad religiosa – comunitaria del nuevo país obligó al establecimiento de una serie de acuerdos entre sus representantes que derivó en lo que se conoce como “El Pacto Nacional”, producto de las negociaciones entre Bechara El Khuri (maronita), el primer presidente del Líbano, y  el primer ministro  Riyad Solh (musulmán sunní).  A cambio de la promesa cristiana de no buscar protección extranjera (de Francia, por ejemplo)  y aceptar el carácter árabe del Líbano, los musulmanes accedieron a reconocer la independencia y legitimidad de las fronteras del estado libanés, establecidas por el mandato francés en la década del veinte,  renunciando a cualquier aspiración de unirse con Siria.

Pero el elemento más original acordado entonces tuvo que ver con el reparto institucional del poder, que se mantiene hasta la actualidad: el Presidente de la República debe ser un cristiano maronita, el Primer Ministro un musulmán sunní, y el Presidente del Senado un musulmán shií. Una de las virtudes de esta propuesta radica en la representación garantizada institucionalmente de cada una de las principales comunidades religiosas, al tiempo que las obliga a conformar alianzas con fuerzas de otras confesiones a la hora de disputar electoralmente el gobierno.

Sin embargo, la disputa por el reparto de mayores cuotas de poder por parte de las comunidades religiosas ha abierto las puertas a la intervención de distintos actores extranjeros que han exacerbado los conflictos en clave confesional en beneficio de sus propios intereses en la región. Al mismo tiempo, pone permanentemente sobre la mesa el debate de cómo pensar la ciudadanía y la política en el Líbano más allá de las adscripciones religiosas.

La siempre cercana sombra francesa

El conflicto civil que estalló en el Líbano a mediados de la década del setenta, puso de manifiesto el deseo francés de no abandonar su proyección sobre el destino de este país. Mediante la ayuda militar y logística a sus aliados maronitas, y la presencia de tropas francesas desplegadas como “fuerzas de paz”, Francia, bajo la presidencia de François Mitterrand, dejó en claro que haría los esfuerzos necesarios para mantener su influencia en la tierra de los cedros, incluso si su acción contribuía a profundizar las diferencias confesionales y a prolongar el conflicto armado. Líbano se había convertido en el escenario en el que países como Israel, Arabia Saudí, Siria e Irán medían sus fuerzas en un conflicto de implicancias regionales y del que Francia no estaba dispuesta a permanecer ajena.

Ya durante la presidencia de Jacques Chirac (1995 – 2007), la ex metrópoli estableció estrechas relaciones con la familia Hariri que, con  Rafiq Hariri a la cabeza, sería funcional a los intereses económicos y políticos saudíes en el escenario libanés. De la autoría del asesinato de este último en 2005, en ejercicio de la presidencia del país, será acusada Siria. Esto derivará en la retirada de sus tropas del Líbano, lo que fue públicamente celebrado por las autoridades francesas. En 2007, el propio Nicolás Sarkozy, erigiéndose en árbitro de la política interna libanesa, amenazaría públicamente al gobierno sirio con romper relaciones si no actuaba políticamente para favorecer la formación de un gobierno libanés.

Por su parte, el perfil del gobierno de  Emmanuel Macron con respecto a Oriente Medio quedó claramente expuesto  en los primeros meses de su gestión cuando Francia, de manera absolutamente arbitraria y atentando contra la soberanía siria, formó parte, junto a los Estados Unidos y Gran Bretaña, de los bombardeos lanzados sobre el país árabe en abril de 2018.

Francia celebra el colonialismo

Tras la explosión de agosto de este año en el puerto de Beirut, la atención de buena parte de los analistas internacionales se centró en la naturaleza del sistema político libanés, en la disputa entre distintas fuerzas políticas locales y en la corrupción de su clase dirigente. Sin embargo, poca atención se puso a lo que representó, simbólicamente, la presencia, días más tarde, del presidente francés en el Líbano.

En su visita, Macron no solamente celebró el centenario de la proclamación del “Gran Líbano” por parte de Gouraud en su condición de comandante de las fuerzas coloniales  francesas, sino que lanzó una amenaza explícita de sanciones contra los políticos libaneses si se negaban a realizar reformas urgentes y estructurales al sistema político libanés. 

La prepotencia del mandatario francés quedó sintetizada en una frase contundente y escandalosa: “’Es la última oportunidad para el sistema confesional libanés”. 

Curiosamente, las implicancias de la actitud francesa y el despliegue de su lógica neocolonial fueron prácticamente ignoradas en estas latitudes; lo que da cuenta tanto de la forma en la que se analizan ciertas noticias, como del grado de naturalización de este tipo de prácticas ejercidas por parte de los países occidentales sobre los estados de Oriente Medio.