El proyecto Nacional y el dominio de la renta en Argentina


No hay lugar de trabajo, fábrica o taller en donde los trabajadores y trabajadoras no estemos discutiendo la brutal suba en los precios de los alimentos, las tarifas y la inflación en general.

En la Argentina somos 45.000.000 habitantes. La pobreza alcanza a un 47,5% de la población, 21.375.000 de personas, y la inseguridad alimentaria al 14% de la población, 6.300.000 de compatriotas que pasan lisa y llanamente secuencias de hambre. A su vez, quienes sí podemos acceder a los alimentos pagamos por ellos un 44,5% más que hace un año atrás; llegando la inflación en algunos rubros al 78,8% interanual (como las frutas), 62,5% (las verduras y legumbres) o un 55% (carnes y derivados).

Para el grueso de los trabajadores, esto se agrava: se estipula que una familia gasta, en promedio, el 33% de sus ingresos en alimentos, aunque ese 33% es un promedio, donde el 20% de ingresos más bajos gasta casi un 50% de su ingreso en la comida, y el 20% más rico solo gasta un 29%.

Es así que, a pesar de ciertas ráfagas de optimismo, basado en las perspectivas de crecimiento del 5,5% de la economía para este año, cuando venimos de una caída del 12% y de un supuesto “control” de la inflación en base al comparativo del 36 por ciento de 2020, contra el 53,8% del último año del marmota, la única verdad es que la economía local, atada en su dependencia estructural a los países centrales y los grupos financieros globales, “volvió” a entrar de lleno en un régimen de alta inflación, empujada por los grandes grupos concentrados del complejo agroindustrial.

La idea cierta de construir una Argentina en donde “todos puedan comer en sus casas y vivir modestamente bien” cae por tierra bajo el desquiciado proceso de “transferencia” de riquezas (ROBO) que sufre la clase trabajadora a manos de estos grupos locales y los capitales globales que, como resultado de la competencia anárquica, se disputan entre sí la succión de valor para extender su agónica existencia agudizando la concentración y centralización de capitales.

Entonces la batalla contra la inflación, la lucha por construir un país en el cual “todos podamos comer y vivir modestamente bien”, está absolutamente ligada a resolver el carácter concentrado y dependiente de nuestra economía nacional.

Ya en el primer gobierno de Perón, el incendio de campos y la caída de la superficie sembrada por decisión de los dueños de la tierra de no producir alimento, para sabotear la experiencia de la clase obrera en el gobierno del Estado, marcó un modus operandi; desabastecimiento, acopio y una espiral inflacionaria, sumado al impacto en la caída de las divisas que un país dependiente como el nuestro necesitaba como el agua para importar la maquinaria para desarrollar los sectores estratégicos de la producción nacional.

Argentina es uno de los principales productores agrícolas y de manufacturas de origen agropecuario del mundo en donde se produce alimentos para 400 millones de personas al año, mientras 6.300.000 personas pasan hambre. Es evidente, entonces, que producir toneladas y toneladas de alimento de por sí solo no nos garantiza el derecho del pueblo argentino a acceder a una alimentación saludable.

La agroindustria es el fuerte de la economía nacional. En conjunto, la producción de Cultivos agrícolas y Ganado, más la rama industrial de elaboración de Alimentos y Bebidas significaron el 18% del total del PBI argentino en 2019.  Mirando sólo las exportaciones, el complejo oleaginoso significó el 29% del total de los envíos argentinos al exterior, el cerealero el 15,5% y el bovino el 7,4%. Es decir que entre estos tres rubros, todos agroindustriales, se explica más de la mitad de las exportaciones nacionales en 2019.

Si se mira la campaña 2018/2019, las principales cuatro empresas exportadoras de granos, harinas y aceites vegetales de Argentina concentran el 48% de las ventas externas totales, en tanto que las principales 10 representaron el 91% del total.

Siguiendo los datos anteriores se desprende que más del 40% de las exportaciones de este sector están en manos de capitales norteamericanos (Cargil, ADM, Bunge y Dreyfus), el 17% en manos de la suiza Glencore (controlante de Oleaginosas Moreno y “socia” de Vicentín), y un 15% en manos de la estatal china COFCO (controlante de Nidera y Noble).

El abastecimiento en el mercado interno de un producto básico de la canasta familiar local, como el aceite de girasol, es controlado por 3 empresas, que concentran el 90,5% de la facturación y el 90,6% del volumen. AGD, con su marca Natura, Grupo Navilli, con su marca Cañuelas, y Molinos Rio de la Plata, de PerezCompanc, con sus marcas Cocinero y Lira. El precio de la botella de aceite de girasol de 1,5 lt. subió un 31% de agosto de 2019 a agosto de 2020.

Si miramos la harina de trigo, la empresa Cargill (EEUU) tiene siete plantas de molienda, seguida por Molinos Cañuelas del Grupo Navilli (Argentina), luego por Lagomarsino e Hijos (Argentina) y Los Grobo (Argentina). Estas cuatro empresas llegan a casi el 50% de la producción de harina y superan el 55% de la exportación de harina de trigo, en el que Argentina tiene el 73% del mercado latinoamericano.

En el caso de la comercialización en el mercado local de la harina de trigo, nuevamente Perez Companc (Blancaflor y Favorita) y Navilli (Pureza) concentran el 82,1% del mercado.

En el aprovisionamiento de fideos, Molinos Rio de la Plata tiene el 79,4%, controlando 7 marcas líderes: Mattarazzo, Luchetti, Canale, Don Vicente, Don Felipe, Favorita y Manera.

Existen una gran cantidad de molinos que procesan arroz. Sin embargo, el dominio lo ejerce claramente la empresa Adecoagro, dueña de la marca Molinos Ala. La otra empresa fuerte del sector es Molinos Río de la Plata, dueña de las marcas Gallo y Luchetti, que en este segmento tienen más de un tercio de la participación de ventas en el mercado interno. En el año medido de Agosto 19-Agosto 2020, el arroz subió un 52,23%.

Otro producto esencial, el azúcar de mesa, también está en manos de un puñado muy reducido de corporaciones, donde tres empresas concentran el 85% de la facturación y el 81% del volumen producido: Ingenio El Tabacal, de la multinacional norteamericana Seabord (Chango y Tabacal), el por ahora nacional Grupo Blaquier (Ledesma), aunque en varios emprendimientos aparece asociada a la multinacional Cargill y la local Valpafe (Domino, Madison, Santa Lucía) (y 8% marcas propias de supermercados). El azúcar subió 52,77% en un año, también por encima de la inflación general, e incluso de la de alimentos en particular.

En el sector lácteo, la concentración en muy gráfica. La familia Mastellone asociada con Inversiones Dallpoint (EEUU) y Danone (Francia), es la empresa más grande, tiene siete plantas industriales, es líder en ventas de leche fluida, con el 60% del mercado. Y acapara también el 77% de los yogures y el 70% de los postres.

Resumiendo sólo 3 grupos controlan el 90,6% del aceite que se consume en nuestro país; sólo 2 el 82% de la harina de trigo; sólo uno el 79% de los fideos secos; sólo 2 el 80% del arroz; y sólo 2 más del 85% del azúcar. Y aunque la suma da diez grupos, son sólo 6 en total, porque los mismos nombres se repiten aquí y allá. Pérez Companc, con el gigantesco Molinos Río de la Plata; AGD, de la familia Urquía, de la cual proviene Acevedo, el actual presidente de la Unión Industrial Argentina; Navilli, dueños de Molino Cañuelas; Adecoagro, cuyos orígenes se remontan al magnate George Soros; Ledesma, de la familia Blaquier, y Seabord, una multinacional norteamericana que desde el 96 explota el histórico ingenio azucarero San Martín de Tabacal.

De esta manera, esas oligarquías nativas han construido y construyen mecanismos de control y asfixia para las economías nacionales. Como vimos más arriba producen para exportar, por lo cual cuanto más devaluadas estén las monedas nacionales, se ven beneficiadas con un dólar más caro, porque sus ingresos son en esa moneda, pero los salarios que pagan son en moneda local, por lo que sus costos de producción se le abaratan respecto a sus competidores internacionales. 

Así, nos desarrollamos bajo el proyecto de una clase de carácter antinacional y antipopular, por esto nuestras ciudades se constituyeron subordinadas al campo y las regiones de nuestro país no están relacionadas a partir de una misma matriz productiva, sino que se desarrolló la zona centro y el puerto por un lado y el resto de la regiones fue realizándose como pudo.

En este sentido y con grados crecientes de conciencia sobre los límites en los que estamos, y de lo que NO VA MAS, lo que se nos plantea por todos lados y a la vista de todos, ya no es solo la acción en busca de sostener tal o cual empleo o tal o cual reivindicación gremial, sino que lo que brota por todos lados es la necesidad imperiosa de poder dar pasos en el conocimiento y control de la totalidad del proceso productivo en que estamos inmersos.

Entonces vale preguntarnos ¿cómo se garantiza y realiza todo esto? ¿Se puede sin la participación popular en las bases? ¿Se puede sin la Unidad de la clase trabajadora, ocupada y desocupada? ¿Se puede sin la participación popular organizada, con arreglo a un plan sistemático de control de precios, de control de abastecimiento, sin estar organizado en cada fábrica, en cada establecimiento de trabajo, barrio por barrio, manzana x manzana, casa x casa?

El alimento, el trabajo, la salud, y la educación ¿se pueden garantizar sin la organización comunal del conjunto de los trabajadores, abajo en cada barrio que, a la vez, tenga clara conciencia de que la lucha para resolver cada uno de esos problemas es nacional, continental y mundial, de que enfrentamos poderes fácticos económicos trasnacionales? ¿Alcanza solo con las medidas específicas del gobierno? Ya hemos visto que no. Por esto el estímulo de la participación política en cada territorio, la superación de la caduca democracia representativa, en pos de una democracia participativa, con sus correspondientes órganos de participación, manzana por manzana, fábrica x fábrica, taller x taller, escuela x escuela, para llegar con la información, el debate y la acción educativa, cultural, sanitaria, laboral, en cada rincón de nuestra patria, es una acción necesaria para desplazar el dominio hegemónico que ha desplegado nuestro enemigo histórico sobre nosotros, y es la raíz de un proyecto profundamente democrático, sin la cual no se puede vencer la pandemia oligárquica de la desigualdad. Se nos plantea desarrollar las capacidades que nos permitan en función del bien común, planificar, dirigir y producir el conjunto de los bienes necesarios del conjunto de la población.

Toda la historia de lucha de la clase trabajadora nos dio una vasta experiencia en la organización de comisiones internas en los lugares de trabajo, de unidades básicas en nuestros barrios, en la creación y desarrollo de Escuelas, Sociedades de Fomento, Unidades Sanitarias, Centros Culturales, entre las tantas otras hemos organizado. Una vez más es la Hora del Pueblo, de que asumamos esas luchas parciales como una única lucha, la lucha por construir una Comunidad, Nacional, Regional y Mundial Organizada.

Extracto de Documento de la GGT Regional Oeste. Fuente: Radio Gráfica